El centralismo sigue dominando

La historia se mantiene unida a la economía. Está dominada por ella.

Dic 01, 2024 - 18:17
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El centralismo sigue dominando

            Hay dos clases de historiadores: los críticos, que contrastan las fuentes, y los cómodos -por usar un término amable- que aceptan sin más todos los mitos de la conocida como historia oficial –que, en puridad, debe ser llamada oficialista-. Es decir, en rigor y resumen: los historiadores y los que no merecen ese nombre.

            En un país donde la mediocridad es norma -en todas sus acepciones- se crean personajes para hacer sombra a las personas. A la falta de investigación se contesta con artificiosos arcaísmos inventados.

            Esta realidad elevó a la categoría de "maestro" a Antonio Domínguez Ortiz. Nadie que conozca su obra leería su entrevista; por mucho que el ciudadano Camacho necesite llenar páginas. Pero no todos la conocen y muchos –los más- precisan de su afirmación. Su mérito, más que en su labor como historiador, ha estado en su actitud frente a la dictadura. Como si ello, por sí solo, fuera garantía de documentación. Eso se llama aprovecharse de la represión franquista. Su encumbramiento se dio porque, a muchos niveles, interesaba todo cuanto niegue Andalucía.

            Decir que la cultura andaluza no es más que una variante de la española, denota su capacidad de investigación. Y su honradez. Comparar el sistema de vida andalusí con los actuales países norteafricanos, no es más que una flagrante falta a la verdad y al mínimo decoro merecido por el título de “historiador”.

            Habría que empezar por preguntarle ¿cual es la cultura española? ¿La castellana? ¿La catalana? ¿...? ¿Cual? La cultura andaluza se ha ido forjando a lo largo de siglos, con la aportación -ahí tiene razón- de una serie de culturas. Casualmente todas autóctonas. No vinieron los godos a enseñar, sino a destruir. Como no vinieron los castellano-leoneses a aportar cultura, sino para intentar dotarse de la que no tenían. Pero la cultura no es artículo de supermercado. No puede copiarse. Hay que vivirla.

            La afirmación del pretendido maestro es tan aberrante como sería afirmar que la literatura de Rosalía de Castro es igual que la de Cervantes. O el arte de Velázquez, un producto castellano. O la arquitectura de Gaudí, similar a la de Aníbal González. O la obra de Arana, o la de Maciá, idénticas a la de Blas Infante. Equivale a negar la existencia de unas raíces aqquea, tartesia, latina, islámica -por más que le pese-. Es como negar la propia existencia de Andalucía y sus contactos comerciales con pueblos tan antiguos como Grecia, Israel o Egipto.

            Pero sobre todo -y esto es lo más grave- defender esa aberración es una forma de intentar que Andalucía aparezca como culturalmente dependiente de España. Así se hace para abortar cualquier intento de afirmación de nuestra personalidad. Es, en definitiva, una forma de negar nuestros derechos. Y negarlos de manera que parezca coherente. Que parezca.

            El Sr. Domínguez sabía tanto de historia, que no sabía que la historia no perdona. No perdona a desinformados ni a quienes desprecian la información para quemarse asidos al palo ardiente de lo oficialista.

            De ahí la ferviente necesidad que sienten los medios oficialistas por sacralizar su “conocimiento”. Mejor dicho: sus declaraciones.

 

Viva la “Grasia”

 

            No es frecuente que, desde un periódico se polemice con una sección que tiene tratamiento de “género menor”, como las Cartas al Director. Que se sepa, es la primera vez que eso ocurre. Debe ser que algo ocurre. Por esa excepcional circunstancia merece la pena mantener clara la idea, sin por ello alargarla más de lo justo, pues alargarlo no es intención de ningún andalucista, como no es inteligente hablar con la pared.

            No cabe duda: si “un andaluz andalucista es un español de tercera”, el andaluz “de primera” tiene que ser, por necesidad, un español de segunda. Eso, ateniéndonos estrictamente a la machadiana cita de persona tan respetable como el comentarista Sr. Jordá en Grupo Joly; más que respetable por el apellido-certificado de procedencia geográfica. Y es que, cuando se habla sin base científica, se suele caer en la propia trampa. De eso precisamente, de la falta de base, de las trampas y de quienes tropiezan en ellas con su tan pretendida como ausente mordacidad, debemos defendernos los andaluces.

            Debe ser que algo ocurre, para que un columnista coja el relevo a otro para erigirse en defensor de sus postulados y, sobre todo, para desautorizar a quienes disienten. De Andalucía no es necesario defenderse. Pero él antepuso procedencia a residencia. Una lástima. Porque Andalucía nunca ha rechazado a nadie por lo primero. Allá cada cual, como si quiere cantar el Cara al Sol con el brazo en alto. Pero afirmar que todo el que no lleve camisa roja la tiene azul, es tan inexacto e injusto como lo expresado por el Sr. Jordá.

            Primero, por utilizar palabras que ningún andalucista ha mencionado nunca. Defender los valores propios no es anteponerlos ni enfrentarlos a otros. Negar los de alguien sí es quitar; sí es minusvalorar. Eso es despreciar, simplemente, practicar colonialismo en definitiva. Por lo tanto, lo único patológico es su sospechoso interés por mentir y negar la realidad, por mantener el estado de dependencia para Andalucía.

            Y es que, con frecuencia –y por mucho que le moleste la sabiduría popular- “cree el ladrón que todos son de su condición”. Lo de andalucista es exacto. Aplicar el término “profesional” a quienes defendemos Andalucía ¿a que se refiere? Es el columnista quien cobra por dedicar parte de su tiempo a escribir, en este caso contra Andalucía. Otros escribimos por convencimiento

            Siguiendo la estela de tanto movimiento colonialista, en persecución de la cultura andaluza, el desafortunado articulista pretende convencernos de nuestra orfandad cultural, con nuestra propia cultura: ¿O es que Cernuda era alemán? Porque reducir la cultura andaluza al Rocío, la copla o los tambores, sólo es una licencia gratuita auto-concedida por quienes tiemblan sólo de pensar que pueda reconocerse la paternidad y España, mejor dicho “su” España, se quede sin cultura. Una licencia a la que es justo contestar con una realidad cantada oportunamente por Carlos Cano:

 

                                                                       Viva la “grasia” de Andalucía

                                                                       con pasaporte de emigración

 

            Lo que se defiende es el mantenimiento de esta situación, aunque se enmascare con supuestos propósitos de “unidad”. Jamás podrán demostrar que el reconocimiento de los valores intrínsecos de cada Comunidad vaya en detrimento de unidad alguna. Mejor que se descubran a sí mismos. Que nos ahorren a los demás el trabajo de desenmascarar traidores.

            El valor, los valores culturales específicos de cada Comunidad, ni enfrentan ni minimizan el de la unidad política dónde se hallan englobadas. La cultura andaluza, la catalana o la gallega, por decir algunas, pueden enriquecer la española, siempre que su naturaleza sea respetada. Las culturas del Estado oficialmente llamado España, no rompen la idea de unidad, ni son menos “españolas” porque se respete su procedencia. Pero violentan a sus legítimos herederos, a quienes la han creado y estimulado a lo largo de siglos, cuando el Estado pretende hacerse representante único y postergar a sus creadores a la secundaria dependencia.

            Un problema: esa apropiación tan sólo se da en el caso de Andalucía. ¡Qué casualidad! Únicamente la cultura andaluza, la más rica y antigua de todas las peninsulares, se disfraza con la doble intención de hacerla pasar por española, desnudar a sus creadores y así, al mismo tiempo, hacernos aparecer dependientes de una “cultura exterior” que, en ese caso, no nos pertenecería, sino que deberíamos al conquistador.

            Es el más elaborado remate a la conquista. Y por eso, también, el mayor reconocimiento de la situación colonial a que se nos somete. Al final son nuestros opuestos, los depredadores de lo andaluz, los apropiadores de lo nuestro, quienes ofrecen los mejores argumentos independentistas.

 

 

El fantasma de la Libertad

            Es el miedo. El miedo a la libertad de otros pueblos, en tanto esa libertad puede terminar con el estado colonial. Son muchos los medios de comunicación que continuamente desean mantener la dependencia de Andalucía. Unos defienden la historia manipulada; otros la absorción de grandes y pequeñas empresas para terminar con la mínima estructura industrial, capaz de mantener una ya débil economía. Pero, por muy formidable que pueda ser para unos y para otros la colonización de Andalucía, los andaluces no podemos comulgar con sus ruedas de molino.

Cuando hace ya algunos años, poco antes de su privatización, el Presidente de ENDESA se encaprichó en absorber Sevillana, no pretendía engordar la primera. Es decir, no era sólo eso. Mucho menos “racionalizar” la distribución, dado que el territorio de Sevillana era el único compacto en la península. Pero muy poco después llegó la privatización. José María Aznar, como antes hiciera Felipe González al expropiar Rumasa, compraba para concentrar.

Pero para concentrar ¿dónde? La liberalización del mercado no se obtiene con la concentración, sino con la competencia. Concentración y liberalización son conceptos opuestos. Ahora se reclaman los impuestos abonados –que no es lo mismo que pagados- por otra Comunidad, pero se oculta la procedencia andaluza de más de la mitad del consumo y, con él, de esos impuestos. Pero hay más: se perdió la inversión y la investigación que la empresa andaluza venía desarrollando; el primer paso de la cúpula directiva –recuérdese, de una empresa que todavía entonces era pública- fue cerrar NUINSA, la entidad creada para favorecer la industrialización de y la investigación en Andalucía. Eso fue antes de hacerla pasar a manos de la italiana, el colmo de los despropósitos: un sector estratégico en manos de un gobierno extranjero.

Si hubiera sido necesario obtener empresas de mayor tamaño, podrían haber comprado Unión Fenosa con un mercado más afín al de Endesa y una facturación similar a la de Sevillana, aunque con algunos «hándicaps»: no alcanzaba el volumen de rentabilidad ni de investigación de la andaluza, e invertía en Madrid. Mejor dos empresas invirtiendo en la capital y ninguna en Andalucía, es su lema.

Al final –puede verse- la historia se mantiene unida a la economía. Está condicionada por ella, y, consecuentemente, seguimos viviendo las consecuencias de una conquista militar. Eso explica que, desde 1975 no hayamos avanzado en el respeto a las nacionalidades. El centralismo sigue dominando.

Disfruten mientras puedan.

 

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