MANIFIESTO DE LOS LIBERALISTAS DE ANDALUCÍA

Iniciemos esta reflexión constatando la necesidad de profundizar en lo pretérito antes de construir lo venidero. Volver la vista atrás, aunque sea de soslayo, convencidos de estar ante la decisión más correcta antes de emprender el camino hacia delante.

Agosto 10, 2024 - 12:54
Actualizado: 2 años atrás
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MANIFIESTO DE LOS LIBERALISTAS DE ANDALUCÍA

Liberalistas

Andaluces

Sin odio

Sin rencor

Sin envidia

Sin violencia

SER ANDALUZ

Iniciemos esta reflexión constatando la necesidad de profundizar en lo pretérito antes de construir lo venidero. Volver la vista atrás, aunque sea de soslayo, convencidos de estar ante la decisión más correcta antes de emprender el camino hacia delante.

Y esta introspección, válida para cualquier pueblo del mundo, se hace tan ine­ludible como necesaria cuando se trata de Andalucía. Para llegar a alcanzar conclu­siones adecuadas, es preciso investigar si la forma de ser, la idiosincrasia de nuestros antepasados, nos ha marcado como pueblo definido y como colec­tividad diferenciada. Se hace inexcusable examinar las circunstancias que han llevado a nuestra sociedad hasta la penosa situación actual.

Si no lo hacemos así, el poder político alterará la historia, el interés económico se adueñará de nuestro patrimonio, la aculturación se apoderará de nuestra identidad y la frágil memoria se diluirá en el tiempo como bruma tardía sin llegar a aportar los beneficios de su enseñanza. Afiancémonos en una certeza: Para concebir el presente y diseñar el futuro es impres­cindible conocer el pasado.

Esforcémonos por encontrar un espacio para el razonamiento y, así, comprobar si el escenario vigente, con nuestra manera de contemplar el avance social y el progreso que lleva aparejado –como circunstancia ajena a la voluntad de una sociedad consciente– sin intervenir en decisiones clave que nos afectan, es algo connatural o ha sido creado artificialmente desde el poder con el objetivo de anular a una civilización milenaria dotada de un potente temperamento y un ge­nio específico determinante de su personalidad.

¿Pueden influirnos ahora sucesos ocurridos en épocas lejanas? ¿Alcanzan a vincularnos en el presente decisiones tomadas hace miles de años? ¿Ha moldeado nuestra actual forma de ser, la manera de afrontar los conflictos unos antepasados de los que nos separan siglos, costumbres, comportamientos y creencias?

Aunque antes de formular estas preguntas debemos interpelarnos sobre una interrogante crucial: ¿Es Andalucía un pueblo? Por ende. ¿Se trata de un con­junto de personas con la misma identidad y similar proceder social compartiendo tradiciones, desarrollos y valores? ¿Existe un alma, un ser, un ideal colectivo?

¿Los habitantes del territorio andaluz creen formar parte de un pueblo con un pasado, un presente y un futuro común?

Rememorar la historia

Recordemos sucintamente cuanto fuimos en tiempos pretéritos. Pinceladas de historia, con visibles intervalos de temporalidad, intentando resumir en escasas líneas largos periodos de coexistencia.

Hace miles de años, en el paleolítico, nuestros antepasados neandertales ocupa­ban el territorio habitando en lugares como la Cueva de la Carihuela o Gibraltar. En el neolítico, surge la cultura de Los Millares, la Argárica, el vaso campa­niforme, enterramientos en dólmenes como los de Antequera, Soto o el conjunto dolménico de Valencina, pinturas simbólicas y narrativas, junto a restos de cerámica y metalurgia que nos mues­tran una sociedad estratificada, organizada y desarrollada. Parece axiomático que Anda­lucía está habitada desde tiempos remotos por una colectividad vinculada y con­ciliada, unida, a su vez, mediante una cultura transversal. De hecho, todo lo vivido por generaciones anteriores, por muy antiguas que sean, significa un poso, una experiencia, una vivencia que perdura y pasa a generaciones posteriores hasta llegar a la actualidad.

Años después y en palabras del arqueólogo Adolf Schulten: “Hacia el 1200 a/C, cuando el resto de la península Ibérica y toda Europa yacían todavía en la oscuridad prehistórica, aparece en el sur de la península, en Andalucía, su región más rica, repentinamente como estrella resplandeciente, el nombre de Tharssis”. Un pueblo culto, pacífico y civilizado. Minero, agricultor y marinero. Reyes del oro y la plata y expertos en la elaboración del bronce, sus conocimientos les llevan a un estadio más avanzado que el resto del occidente europeo. Aquí observamos el ser andaluz que pervive en el tiempo: humanidad y empatía. Cuando los foceos piden ayuda al rey Argantonio éste se la presta, ofreciéndoles establecerse en sus dominios.

Los enfrentamientos entre Cartago y Roma provocan la invasión del territorio (conocido ahora como Turdetania) en el año 206 a/C por el imperio romano. Los invasores reco­nocen a los turdetanos como un pueblo culto y civilizado. Cuando Estrabón, coetáneo de Jesucristo, escribe su Geografía de Iberia nos dice: “A los turdetanos se les considera los más sabios de los íberos, pues no solo utilizan la escritura sino que poseen crónicas y poemas de antigua tradición y leyes versificadas de seis mil años”. El territorio pasa a llamarse Bética. Béticos son Séneca, Columela, Balbo y los emperadores Adriano y Trajano.

A comienzos del siglo V penetra por el norte de la península un pueblo inculto y guerrero denominado visigodos, que no consiguen apoderarse totalmente de la Bética (cuya costa mediterránea, ocupada por Bizancio, aún mantiene su cultura bético-romana) hasta dos siglos después. Aunque, en realidad la cultura propia se conservó en todo el enclave. Esa ilustración fue la que enamoró a Hermene­gildo, auxiliado por su esposa y alentado por su suegra, hispalense e instruida por sus preceptores los obispos Isidoro y Leandro. En una etapa oscura, la actual Andalucía protege su saber y sus conocimientos. Isidoro de Sevilla, conservando y restaurando la ilustración grecorromana, aporta algo de luz entre las tinieblas.

Los visigodos libran una perenne guerra civil. Así, llegamos al año 711 cuando tropas provenientes de la Mauritania Tingitana –antiguo departamento del impe­rio romano en el norte de África, relacionado y a veces unido a la Bética– derro­tan al rey visigodo Roderico. El territorio entra en un periodo de caos hasta la llegada en 755 –según nos cuenta la leyenda– de un príncipe sirio, Abderramán I, hijo de un monarca Omeya y una esclava bereber de religión cristiana, quien consigue imponerse a los gobernadores y a las tribus locales, unificando el territorio y proclamándose Emir. El hartazgo del pueblo bético contra los inva­sores visigodos, quienes mantenían dos estratos sociales y exigían bajo pena de muerte los dos tercios de cuanto produjera la tierra, facilitó la implantación del nuevo régimen. Su histórica cultura helénica y la mezcla en el poder de mo­zárabes, muladíes, yemeníes, bereberes y sirios marcan el devenir posterior de la nación y de sus habitantes.

La religión musulmana entra en La Bética, abriéndose una etapa de ochocientos años, con sus muchas luces e indudables sombras, aunque caracterizada, princi­palmente, por la convivencia, la cultura y los avan­ces tecnológicos. Los nuevos gobernantes traducen del griego al sirio la palabra “Atlántida” –cuyo significado es “lugar del agua”– y la Bética pasa a llamarse al-Andalus. Los cordobeses Averroes y Maimónides recuperan para la posteri­dad la doctrina aristotélica. El primero nos deja un pensamiento determinante: “La ignorancia lleva al miedo, el miedo lleva al odio, el odio lleva a la violencia. Esa es la ecuación”. La civilización andalusí domina la península, excepto algunos reductos de la cornisa cantábrica, hasta 1212, cuando la batalla de las Navas de Tolosa –denominación que sig­nifica ‘abre el camino’– inicia la invasión de la actual Andalucía culminada en 1492. Es de resaltar que este ataque se realizó por una confluencia de fuerzas de todos los estados cristianos peninsulares y de casi toda Europa, movidos por la Bula papal que declaró la campaña como “cruzada”.

A partir de esa fecha, la Andalucía cristiana se convierte en una colonia de­pendiente y al servicio de los nuevos amos del territorio. Catalanes, vascos y castellanos controlan la situación y crean un estado llamado España.

La sociedad andaluza retrocede en convivencia, progreso, evolución y prospe­ridad. El encuentro con las tierras de América y la situación geoestratégica de Andalucía mitigan la situación. Cádiz y Sevilla controlan el comercio con los nuevos enclaves, aunque no pueden evitar un retroceso constante si las com­paramos con los territorios invasores.

Amos, señores, terratenientes y colonos, por un lado; vasallos, lacayos y jornale­ros, por otro. Creían que, sometida Andalucía, se habían acabado los problemas, por lo que los vencedores nunca intentaron unir voluntades para crear un proyec­to común de convivencia. Desde hacía milenios mantenían unas relaciones enconadas sin mostrar nadie la más mínima voluntad para cambiar la situación. Y de aquellos barros, estos lodos. ¿Puede parecer extraño retroceder siglos en el tiempo para encontrar el origen de enmarañadas situaciones en el siglo XXI? Tanto ayer como hoy les une el interés y les separa el egoísmo.

Y es que, para avanzar conjuntamente, para coexistir, para hacer un proyecto duradero de convivencia, se hace imprescindible analizar el desarrollo marcado durante miles de años en nuestros genes. Investigar el mosaico que significa la península Ibérica, los odios, los enfrentamientos, los agravios entre territorios, únicamente hermanados por la ambición y el poder. Si no analizamos, y com­prendemos algo todavía más importante, el devenir de la historia, siempre exis­tirá terreno abonado para encontrar un agravio compara­tivo –real o inventado– que soliviante a las masas y beneficie al dirigente. Así ha sido y así es.

Comenzando el siglo XIX entran por los Pirineos tropas napoleónicas que ocu­pan toda España, excepto un pequeño istmo situado al sur de Andalucía. En Cádiz se refugian los diputados españoles para elaborar una Constitución donde el poder no residía en el rey sino en el pueblo, abolía la Inquisición y nos alentaba a ser justos y benéficos. De nuevo Andalucía, sus gentes, su conciencia y su genio, contribuyen para cambiar la historia. Sin embargo, la libertad durará poco tiempo.

En 1814, una vez retirado el ejercito francés y repuesta la monarquía absolutista, se evidencian reacciones heterogéneas entre los diferentes territorios que, por aquel entonces, conforman el Estado español.

No es lo mismo el manresano grito “visca el rei i visca Espanya”, en junio de 1808 cuando la revolución popular contra el invasor francés conocida como “La quema del papel sellado”, que la gestación de una Constitución en la que los diputados reunidos en Cádiz intentaban arrancar privilegios al rey y se pensaba mucho más en los ciudadanos que en la monarquía y la españolidad.

No es lo mismo el recibimiento tributado al felón Fernando VII tras restablecerse el absolutismo, cuando en Madrid se llegó a desenganchar los caballos de su carroza, siendo sustituidos por personas del pueblo que voluntariamente tiraron de ella, que la instauración del Trienio Liberal iniciado en Andalucía tres años antes con el pronunciamiento de Rafael del Riego, recuperando la Constitución de 1812. 

No es lo mismo la decisión de los voluntarios vascos y navarros que se unieron en 1823 a los “Cien mil hijos de San Luis”, para, según afirmaban en su proclama, “Instaurar autoridades españolas, ondear banderas españolas y restaurar en nombre de Fernando VII, la religión, la propiedad y el orden”, que la represalia contra los que se enfrentaron a los usurpadores y a los absolutistas, los liberales ase­sinados por tierras sureñas, la sublevación liberal de Las Cabezas de San Juan, las insurrecciones de Sevilla y Arahal, los levantamientos jornaleros de Loja y de la campiña gaditana o la creación de las juntas provinciales, con su sede central en Andújar bajo el nombre de “Junta Central de las Andalucías”.

Y esas distintas percepciones llevan a caminos y propuestas que, para nuestra desgracia, tienen escasa equivalencia. En unos territorios el protagonismo lo asume una burguesía tan materialista como egoísta, favorecida por el poder central, que lucha por conservar sus fueros y privilegios y en otro territorio más al sur, la lucha está encabezada por el jornalero y el anarquista que intentan sobrevivir ante las coerciones y la injusticia. Se manifiesta la infame diferencia­ción entre el conquistador y el conquistado.

Nace el movimiento cantonalista con destacada presencia en Andalucía. Suble­vación que, pese a ser fuertemente denostada por el oficialismo español, cons­tituye, en realidad, una anti centralista insurrección político-social surgida a me­diados de 1873 ante la inoperancia y el abandono en que el poder central tiene sometido al territorio andaluz. Se inicia el 19 de julio en los cantones de Cádiz y Sevilla, propagándose por diversas ciudades a lo largo del verano.

El 21 del mismo mes se difunde el “Manifiesto de los Federales Andaluces”: “En Despeñaperros, histórico e inexpugnable baluarte de la libertad, se enarboló ayer por las fuerzas federales que mandan los que suscriben, la bandera de inde­pendencia del Estado Andaluz”. El gobierno español envía una tropa numerosa y bien armada al mando del general gaditano Manuel Pavía, corre la sangre y en poco tiempo derrotan a los insurgentes. Circula por ahí una leyenda asegurando que los revolucionarios andaluces fueron­ obligados a besar la frontera que se­para Andalucía de España.

Pero las propuestas liberadoras no cesan. En octubre de 1883 se redacta en la ciudad de Antequera un proyecto de constitución para Andalucía que en su ar­tículo primero proclama: Andalucía es soberana y autónoma; se organiza en una democracia republicana representativa, y no recibe su poder de ninguna auto­ridad exterior al de las autonomías cantonales que le instituyen por este pacto.

Está claro que el rumbo trazado por Andalucía es muy diferente al resto de territorios, lo que, a su vez, traerá consecuencias muy desiguales cuando se afiance el poder central y, basándose en intereses ajenos a nuestra tierra, se decida el papel que ha de jugar a partir de entonces la nación andaluza.

Quienes detentan el poder usan las deplorables condiciones económicas y so­ciales que atenazan al pueblo colonizado para conformar una sociedad anuente instalada en la indigencia y donde, las más de las veces, solo encuentra solución a su desdichada existencia en el exilio económico. Situación que beneficia, pre­cisamente, a los causantes de su desgracia.

Se inicia el siglo XX, con el campo andaluz en llamas y una constante sangría económica. En 1918, se recupera en Ronda la conciencia de pueblo y la nece­sidad de reconquistar el presente para construir el futuro. El 31 de enero de 1933 se aprueba en Córdoba el Anteproyecto de Bases para el Estatuto de Andalucía. En 1936, su promotor, Blas Infante, es asesinado y se cubre el sentimiento anda­luz con un oscuro manto de ignorancia.

No es hasta el 4 de diciembre de 1977 cuando de nuevo regresa a la calle un ideal en verde, blanco y verde, una ilusionante esperanza diluida con prontitud por los políticos profesionales.

El 27 de mayo de 1978 se constituye en Cádiz la Junta Preautonómica de Anda­lucía. El 4 de diciembre de ese mismo año, la mayoría de fuerzas políticas con implantación en el territorio firman un pacto que fija como objetivo el logro de la autonomía plena. El 28 de febrero de 1980 se celebra un referéndum para acce­der a esa autonomía por el artículo 151 de la Constitución Española. El 20 de octubre de 1981 refrendamos un Estatuto de Autonomía con máximas com­petencias. A partir de ahí, todo es apariencia. Los políticos nos traicionan, la utopía desaparece, los partidos y sus intereses toman el mando.

Amanece el tercer milenio y una Andalucía aletargada, dormita… sin soñar.

Reflexionemos

Una vez llegados a esta situación, se hace necesario un estudio sosegado sobre la incidencia del pasado en el presente. No se trata de utilizar la historia como subterfugio para justificar acciones circunstanciales, estamos ante algo mucho más profundo y determinante.

Antonio Gala en su discurso de inauguración del Congreso de Cultura Andaluza en 1978 nos decía: “Quienes quieran lo mejor para su patria, conózcanla antes a fondo, porque es el conocimiento quien engendra el amor y el amor quien multiplica y perfila aquel conocimiento”.

Por todo ello…

Recapacitemos si nuestra forma de ser, de actuar, de sentir, concebir la vida y vivirla, si el carácter que nos define actualmente constituye un legado ancestral mantenido en lo más profundo de nuestros genes.

Consideremos si el ser andaluz se ha conservado a lo largo del tiempo y, lo más importante, si lo acontecido en el pasado, especialmente durante los últimos dos­cientos años, cimentan nuestro comportamiento en las circunstancias actuales.

Analicemos si nuestra generosidad es tartésica, nuestro estoicismo, socrático, nuestra religiosidad, aristotélica y nuestra reacción ante la adversidad se en­cuentra vinculada a la degradante peculiaridad de un pueblo vencido, humillado y recon­vertido en colonia.

Examinemos si, de manera específica, los sucesos acaecidos desde comienzos del siglo XIX marcan el ser andaluz contemporáneo. Si somos hijos de un tiempo, un momento, una historia. Si la negación del pasado imposibilita el futuro.

Reflexionemos. Y al hacerlo, nos interrogaremos si nuestra respuesta se reafir­ma en la lógica histórica y en el convencimiento razonado o está emitida desde un corazón utópico al asegurar de manera indudable y tajante: Sí, Andalucía es un pueblo. Formamos un grupo humano con la misma identidad y similar proceder social compartiendo tradiciones, desarrollos y valores.

Existe un alma, un ser, un ideal andaluz.

Todo ello, sin afectar a nuestra respuesta el hecho de que los habitantes del territorio andaluz, en palabras de Blas Infante, ignoren la profundidad de su ver­dadera historia y esencia o estén convencidos de que forman parte de un pueblo con un pasado, un presente, y un futuro común.

La situación y las circunstancias actuales nos impelen a continuar un sendero hollado firmemente durante siglos. Nuestros predecesores ya mostraron y reco­rrieron un amplio camino.

CAMINO ANDALUZ

Examinemos un trayecto reiniciado a comienzos del siglo XX, no podía ser de otra manera, alrededor de una organización sociocultural. El Ateneo de Sevilla acoge al incipiente regionalismo andaluz unido, no por un interés, un líder o una doctrina, sino por una convicción y un ideal que un joven notario de veintisiete años llamado Blas Infante intenta compendiar en una conferencia titulada ‘Ideal Andaluz’ impartida en el Ateneo hispalense el 23 de marzo de 1914.

En el círculo social conviven dos tendencias. Por un lado, una ideología centrada en la identidad y la cultura, llevando el sentimiento por bandera y teniendo como altavoz a la Revista Bética. Por otro, un regionalismo más dedicado a la acción política como solucionadora de la problemática situación socioeconómi­ca en que se encuentra el territorio.

Aunque las dos corrientes coinciden en una apreciación: La necesidad de inten­tar recuperar el pasado para poder diseñar un futuro de paz, progreso y libertad, mientras se trabaja en conseguir la potestad esencial para que los tres poderes básicos en democracia se encuentren en manos andaluzas.

Si nuestros antepasados creyeron en una república con un pacto federal muni­cipalista, encontrándose con la frustración de un estado jacobino, cuarenta años hemos dejado sus descendientes la administración y el gobierno de Andalucía en manos de un partido político centralista. Y los resultados de ambas conductas son totalmente perceptibles.

Documentemos el recorrido teórico realizado por los regionalistas andaluces cien años atrás investigando la posible similitud con la actual situación donde teoría cultural y práctica política circulan por vías paralelas sin llegar a coincidir. Siem­pre desavenidas, a veces enfrentadas.

Vislumbrar lo sucedido, diferenciar, aprender de lo acaecido.

Blas Infante. Ideal Andaluz. 1914

Este es el problema: Andalucía necesita una dirección espiritual, una orientación política, un remedio económico, un plan de cultura y una fuerza que apostole y salve.

Blas Infante. Escrito en “El Liberal”. 1919

Porque por Andalucía sustentamos un ansia de vivir y de perfeccionar su vida libre, propia y distinta, subordinada a los más altos conceptos de Iberia y de la Humanidad.

Nosotros surgimos para alumbrar, por la libertad de nuestra tierra y por la redención de los andaluces jornaleros y la libertad del espíritu de todos los andaluces, el caudal de energías divinas que su historia gloriosa nos legó; hoy enterradas en el fondo del subconsciente de nuestra Andalucía irredenta. Surgimos para ofrecer con el caudal de esas energías una nueva y potente esencia impulsora del Progreso.

Y no será ‘regionalista andaluz’ quien, habiendo siempre combatido nuestro regionalismo, venga ahora, por deporte político, con el mismo nombre que nosotros, a insultar nuestro dolor por Andalucía, intentando perturbar y profanar la obra modesta de nuestro sentimiento.

Porque no hay derecho. Porque nos ha de indignar a todos los andaluces que en Andalucía se intente imponer como superior el espíritu de otras tierras. Espíritu que fue siempre inferior, tierras hoy más felices, pero no más grandes que la nuestra. Porque no hay derecho y ha de indignar a todos los andaluces que hombres de otras regiones no conquistadas aún por el espíritu de Andalucía y contradictores de los principios de Justicia Universal que invoca Andalucía con el dolor de su tragedia secular, pretendan imponernos un alma, una regla y una organización que ni responde a nuestro genio ni se ordena a nuestras nece­sidades.

Blas Infante. Cartas Andalucistas. 1935

Es necesario actuar. Este es el clamor unánime de los Liberalistas. Actuar, según unos, sería “continuidad de acción o de presencia, públicamente expresadas en cuanto a la afirmación de las esencias andaluzas”. Actuar, conforme al criterio de los demás, equivaldría a intervenir en las luchas políticas, a procurar por medios prácticos el objetivo de una autarquía política o constitución de un Estado Autó­nomo, correspondiente a la existencia distinta de nuestro País.

En definitiva, la eterna cuestión planteada desde Sócrates y los sofistas: para aquellos, lo principal, el saber; para estos, lo fundamental, el poder. Para unos, el que Andalucía llegue a saberse o alcance a ser restaurada en la conciencia de sus hijos, es lo esencial, para otros, el que Andalucía logre una expresión política que se resuelva en una entidad de privativo poder. Ésta debe ser la norma primera reguladora de nuestra actividad: para un sector andalucista, nuestro problema inmediato es el Ser, para otro, el Poder… llegar a ser con poder político.

Y se expone en la enunciación siguiente: “Para que Anda­lucía logre ser Anda­lucía, es absolutamente preciso que los liberalistas andalu­ces sufran el trance vergonzoso de obrar como políticos. Según los políticos denominados prácticos, entienden y hacen la política, experimentando los rubores correspondientes a este ejercicio en hombres extraños a la adulación popular; a la mecánica y a la disciplina de los partidos, hasta llegar a conseguir de España la concesión de nuestro Estado Autónomo”.

Yo, no por pragmatismo, sino por convicción, participo de ambos criterios. Creo que saberse Andalucía es lo principal, como fundamento indeclinable de la restauración de su Estilo, alma de su futura creación cultural y, en lo presente, agente indispensable para la salvación del Mundo.

Andalucía puede llegar a saberse (a conocerse a sí misma) sin ne­cesidad absoluta de estar representada por un Estado político. Pero es indudable que la acción de un Estado político aceleraría este resultado de contribuir a que nuestro pueblo recuperara su Espíritu.

Yo creo que es posible abrir camino a una transformación del concepto de la política, o hacer prácticamente eficaz una política decente.

Fragmentos de las “Cartas Andalucistas”

1 de mayo de 1931, el Manifiesto de los Liberalistas Andaluces del siglo XX proclamaba:


MANIFIESTO DE LOS LIBERALISTAS DE ANDALUCÍA

A todos los habitantes de Andalucía. Y principalmente a los Ayuntamientos, Diputaciones y Centros de trabajadores, intelectuales y manuales de la región:

Los Liberalistas Andaluces o de Andalucía, los cuales, desde hace veinte años, vienen laborando por la restauración de la personalidad histórica de nuestro pueblo, desde el Centro Andaluz, en el desarrollo histórico político que determinan, en lo presente, el desarrollo de la vida española, reaparecen hoy dentro del Partido Republicano Federal Andaluz, compelidos por el deber de haber de declarar:

1º. La instauración de la República Española, mas bien que el hecho su modo ejemplar, tipo o arquetipo, en el desarrollo histórico político mundial, viene a sugerir, en la imaginación de sus probables consecuencias, la perspectiva de una gran potencia ibérica, próxima a destacarse vigorosamente en el horizonte de la política internacional. Tememos, por esto, que alguna influencia extranjera venga a actuar en el pleito de las autonomías, hasta ahora denominadas regionales, y que los manejos de esas influencias procuren la exacerbación del sentido nacionalista en algunas de las Españas, con perjuicio de la Federación; la cual no peligrará, jamás, de no llegar a ser perturbada, por la acción de extraños recursos, en la conciencia de los pueblos peninsulares, la visión clara de sus afectos e intereses.

2º. Los hombres que fuimos congregados por el lema del Escudo de Andalucía, que fue el de nuestra España y la Humanidad, que hubimos de defender, en hermandad con los demás pueblos españoles, los mismos principios auto­nómicos, podemos hablar, ahora, sin infundirles recelos a los correligionarios de las demás Españas. “Separatistas, decíamos, son los centralistas, que nos separan de su Estado absorbente. Nosotros, los liberalistas de las nacionalidades íberas, nos vamos a considerar, entre sí, como hermanos”.

Por esto, nos consideramos autorizados para venir a expresar, ahora, la inspi­ración eternamente humanista de la Historia de Andalucía: clave de la continuidad, a través de los siglos, o de la sucesión, sin soluciones, del Estilo Andaluz; firmando la necesidad de la fraternidad en una efusiva federación, que así respondemos, los andaluces, a las depredaciones conquistadoras asimilistas, no superadas por nin­guna empresa de coloniaje, que los demás españoles, instrumento de la barbarie europea vinieron a realizar en este pueblo, bélico sólo para conquistas culturales, que se nombra Andalucía; que así creemos ayudar, también al Gobierno provisional (enemigos como siempre fuimos de todos los gobiernos) en el trabajo pro-conso­lidación de la República, idea y emoción las cuales han sido las que verdadera­mente han venido a elaborar la unidad federal, o el ser de España, finalizado en su gestión por las jornadas gloriosas de Abril; puesto que no era España, el rebaño o la piara del pueblo, unidos y uncidos al yugo del interés dinástico, por el Estado, sin Sociedad, que representaba la Monarquía.

3º. Urge, pues, que Andalucía, revele, en una expresión política, aunque esta expresión, sea momentánea, su indestructible unidad, natural y cultural, para que pueda llegar a intervenir, en defensa de la federación y de sus propios intereses económicos y jurídicos, en la constitución estructural de la nueva España sin per­juicio de que después, la organización autonómica andaluza venga a manifestarse en pluralidad de Estados, siguiendo los imperativos indeclinables de nuestro Genio tradicional.

4º. Llamamos, por consiguiente, ahora, a todos los Andaluces y muy especial­mente, a los organismos representativos, Diputaciones, Ayuntamientos y centros trabajadores, manuales e intelectuales de nuestro pueblo, para que, rápidamente, se resuelvan a preparar la revelación de la personalidad de Andalucía; y para que estudien los problemas políticos, jurídicos, económicos y financieros que a ella importe defender en el pacto federal, próximo a celebrarse, entre todas las Es­pañas, en el cual, la nuestra, habrá de procurar la consagración de su espíritu y de sus intereses industriales, agrarios y comerciales, en concurso amigable con los demás pueblos de Iberia. De lamentar es el que ahora se diga que teníamos razón cuando hace veinte años se nos tildaba de ilusos, porque advertíamos entonces la necesidad de capacitar urgentemente a Andalucía para resolver este trance que en aquella época anunciábamos como inevitable.

Pero mas vendría a dolernos, el que dentro de algunos años se llegara a reconocer la oportunidad inatendida de este llamamiento, el cual viene a absol­vernos a nosotros, de toda responsabilidad.

Tened en cuenta, andaluces, que aun por exclusión, determinada por las afirmaciones autonómicas de los demás pueblos españoles, la hora en que Andalucía tenga que recobrar su personalidad, está muy cerca; tened en cuenta que esa Personalidad, fue acaso, siempre, la más ilustre de cuantas vinieron a expresar en un pugilato creador todos los pueblos elaborantes de la Historia: que, cuantas veces fue España verdaderamente grande, con grandeza espiritual originaria, aumentadora de las potencialidades de lo Humano, (no con grandeza bárbara, guerrera o excluyente) lo fue por Andalucía: la inventora de las culturas primigenias, que nutrieron el crecer del Espíritu Occidental; la que humanizó el imperio regularista y absorbente de Roma, la que mediante nuestro actual fundamento, el maravilloso al-Andalus, lámpara única encendida en la noche medieval, educó a Europa y llegó a abrir, para ella, las puertas del Renacimiento. Tened en cuenta que cien generaciones ilustres de antepasados nuestros, mantenedores de la sucesión o de la continuidad, en triunfo, del Estilo andaluz, a través de la historia, arrebujados en la entraña milenaria de Andalucía, van a ser testigos de vuestra actitud en presencia de esta ocasión, que se os va a ofrecer de recobrar los fueros de vuestra substantividad, negados en absoluto por la into­lerancia europea; la cual desde hace cuatro siglos, vino a consumar su obra de odio político pseudo-religioso, enterrando vuestra historia cultural; atormentándoos siempre, hasta llegar a convertir en su truhan o en su bufón, para divertir sus ocios turísticos, al pueblo incomparable que siempre representó una antorcha encendida alumbrando los caminos hacia la divinización del progreso de los hombres.

Considerad que si para Europa hoy sólo representáis un espectáculo, para África y el Oriente sois, quizás, la única esperanza. En el comité insurreccional de los pueblos de Oriente, ante los delegados de más de trescientos millones de cabezas de hombres, esclavizados por el imperialismo materialista occidental, reunidos en el Congreso de Delhi, entre los aplausos frenéticos de la Asamblea, decía no ha mucho nuestro compatriota el gran poeta andaluz, Abel Gudra: “La revolución india es un mero episodio de la gran batalla. Las agitaciones de África lo son también. Desengañaos. ¡Nada conseguirán los pueblos esclavizados de Afro-Asia, mientras que el despertar no venga a abrir los ojos en la tierra sagrada de España, de nuestra cabeza, Andalucía!”. Y más de un millón de andaluces, expulsados por la bárbara intolerancia de Europa, aguardan, desde Tánger a Damasco, el instante de que recobréis la conciencia, soterrada por la bárbara dominación, bajo capas asimilistas; pronunciando en el destierro el nombre de la patria pasajeramente perdida, con inefable tenacidad; amenazados de nuevas expulsiones por Francia enemiga y señalando a España, el único porvenir inter­nacional que está en Oriente, al cual se llegará sólo en nombre del espíritu de Andalucía.

Porque vosotros sois el único pueblo europeo operador de las síntesis más fecundas; tierra asilo de Dios o de la coordinación de todas las verdades o de la tolerancia y de la libertad, en su solar todas las razas se fundieron; las grandes síntesis doctrinales, precursoras de la Europa actual, Andalucía las hizo. Y a ella, quizás, está encomendado por el destino, la gran armonía entre el Oriente y el Occidente; como, tal vez ahora, la gran síntesis de España, mediante la Federación, pende de que Andalucía se yerga. Ved, compatriotas, que el constituirse de nuevo España, como ahora va a suceder, no implica sólo una simple operación política. Se trata, nada menos, que de llegar a constituir una nueva Sociedad, en la cual la mentalidad obrerista, manual e intelectual, la única asequible hoy a los reque­rimientos del Espíritu (cuyos temas son acogidos con bostezos de aburrimiento, nuncio de su propia perdición en los medios pseudo-aristocráticos de la sangre y del dinero) ha de imponer unos nuevos principios substanciales y una nueva estructura social, articulada por Instituciones o creaciones originales, inspiradas en la Naturaleza o en la Justicia, al margen o en contra de las cuales, se desarrolla en infecundidades ratificadas, las que constituyen el orden social antiguo, ya expirante en nuestro País. Y también, para este fin se precisa el que Andalucía venga a inspi­rar la nueva construcción social española.

Vindicaciones particulares o privativas, tiene que hacer ante la Justicia que venga a presidir la constitución del Orden Nuevo. Que se nos diga por qué razón, Andalucía, que no llegó a conocer el feudalismo en el medievo, cuando fue libre, gloriosa y musulmana, lo ha de soportar en los tiempos modernos, en el cual dicen que es española y cristiana y europea. Que se nos diga, por España entera, por qué razón ha sido sometido a esclavitud lo más puro de nuestra estirpe: los jorna­leros o campesinos sin campos, los moriscos, salvados por sumisión, ocultación o retorno de la expulsión ominosa; que se nos justifique por qué lo más selecto de nuestra raza, los campesinos hambrientos, ha de rodar las cercas de la tierra que la conquista les arrebató y que convirtió en vergeles durante la época de la libertad, contemplando cómo en los estados que repartieron, entre los capitanes de las mesnadas conquistadoras, los reyes españoles; cómo en las tierras que llegó a acumular más tarde el contubernio plutocrático caciquil, se niegan a ellos y se conceden a las bestias continuadoras de la animación de aquellos guerreros y de aquellos caciques, nos la vinieron a arrebatar; es preciso que se nos aclare por qué, encubierta con el eufemismo de “Cuestión Agraria de Andalucía”, se ha venido tratando, durante siglos, solamente con informaciones de antecedentes acerca de esa cuestión, decretadas por Centros burocráticos y practicadas anualmente por funcionarios de esos Centros con repetición indefinida de resultados idénticos; un problema que por de pronto, no es agrario (o de prosperidad o decadencia de una rama especial de la actividad productora, esto, podrá llegar a suceder después); sino simplemente, en sus factores originarios, el problema de un pueblo, a quién le fue robada su tierra o el solar de sus padres, por conquista; y, por el régimen de conquista que, con respecto al pueblo vencido, los dominadores vinieron a practicar. Robo por la conquista. Robo en aquella merienda de negros que fue la desamortización, en la cual quién compraba una fanega de tierra, usurpaba mil. Robo de plutócratas concertados con caciques, los cuales les vendían a cambio de cuantiosos corretajes, las tierras comunales de los pueblos. Robo de unos y de otros indistintamente que, protegidos por la fuerza pública, amparados por una justicia al pueblo inaccesible, realizaban, descaradamente en los baldíos de los pueblos, incorporando a los fundos particulares hasta las cañadas reales, con sus abrevaderos; mientras que, por otra parte, saqueaban, los segundos los pósitos rurales, valiéndose de testaferros insolventes. Robos, imprescriptibles, comproba­dos en esos cuatro órdenes de robos, son los orígenes de los latifundios andaluces, cuyos tipos tenemos clasificados, atendiendo a esos cuatro modos de adquisición.

Se impone pues, como imperativo ineludible e indilatable de justicia divina y de ley humana, la restitución al pueblo andaluz, inmediatamente, de la tierra que por estos medios le fue sustraída; la medida reparadora ha de ser originariamente simplista, como lo fue el despojo. El empaque intelectualista de estos tiempos sólo apercibe en correspondencias complicadas el modo acertado de enjuiciar y de tratar las realidades. Pero aquí se ofrece una realidad fundamental y, por tanto, simple y simplista ha de ser por de pronto. Lo demás es atavismo heredado de épocas de burocracias y de estúpidos y complejos expedientes. Al robo se le responde por la Justicia; primeramente, con la simple restitución del objeto robado a su legítimo dueño, que es aquí el jornalero, el más auténtico representante del pueblo andaluz. Sobran arbitrios elaborados por la sociología, que, en este caso, pueden llegar hasta a ser apoyados por fundamentos de Ley, para hacer inme­diatamente efectivo en Andalucía, con respecto a su tierra sagrada, cuna de cultu­ras formidables, el principio orgánico de todas las fecundidades sociales: “Tierra y Libertad”.

Andaluces: La tierra debe ser del jornalero antes de la próxima sementera, caiga en la empresa quien caiga. Ved a Cataluña levantada en defensa de su tradición, levantada por sí. Vuestra tradición son los vergeles de los campos de Andalucía y la espiritualidad que de esos vergeles vino a surgir en épocas de libertad. Si antes de la expresada fecha la tierra no se os ha llegado a entregar, venid a constituir, como en 1835, una Junta Soberana de Andalucía, y que sea la primera medida de esa Junta, la restitución de la tierra que fue arrebatada a vuestros padres en castigo de su heterodoxia, autora, sin embargo, de un nombre augusto para España, en la historia de la cultura.

Cuando la muda y terrible interrogación del hambre jornalera, escándalo del mundo, se proyecte sobre España, como una trágica y secular acusación, no recibid limosnas gubernamentales de mayor o menor cuantía, las cuales resienten a nues­tra dignidad; no ingerir en sustitución de derechos efectivos, informes burocráticos y promesas de solución. Levantaos: tomad vuestra tierra. Por Andalucía y por España. Hoy, la caricatura que España hizo de Andalucía es caricatura de España ante el mundo. Para el extranjero, España es lo andaluz y es Andalucía.

A preparar, pues, la intervención de Andalucía, como término vivo actual en la Federación Española. Para esta obra todos los núcleos autonomistas y federales de nuestro pueblo deben llegar a constituir un solo organismo, bajo la bandera de la República Federal. Es la hora de vivificar los principios del inolvidable don Francisco Pí, quién hizo coincidir las regiones con los términos a federar. A disposición de los comités que se formen, se encuentra nuestro esfuerzo humilde. Ayudar a la República Federal es hoy tanto como ayudar a la República y aún a la unión republicana; (casi todos o todos los republicanos son hoy federalistas). Ayudar a la República Federal es tanto como venir a respetar la voluntad popular autora de esta Revolución ejemplar y fraguada en los misteriosos laboratorios, en donde actúan para informar el material de sus juicios, las insuperables facultades de conocer que sobre las de los individuos, vienen a vincular los pueblos, funda­mento éste que es el derecho divino de las democracias. Defender la República Federal es hoy tanto como sentir el instinto conservador de la Revolución y de España, porque responde a la estructura natural del País y la Naturaleza, es invencible.

Para terminar, rogamos a todos los andaluces, conscientes del instante actual, que os lleguen a expresar los juicios que formen acerca de los siguientes asuntos:

1º. Cuales deberían ser las facultades autonómicas que Andalucía entera pudiese llegar a reclamar para lograr organizarse interiormente en los Estados cuya existencia responda a nuestra tradición, estructura y facultades accidentales o permanentes del organismo que haya de discernir esos Estados y de cumplir esta función.

2º. Intereses, de orden cultural, agrario, industrial y comercial, cuya vindica­ción privativa corresponda a Andalucía.

Sevilla, 1 de mayo de 1931. Por la Comisión Liberalista de Andalucía de la Agrupación Republicano Federal: Francisco Chico y Canga, Mariano López Muñoz, Rafael Ochoa Vila, Blas Infante Pérez.

PODER ANDALUZ

Nadie pudo imaginar hace noventa años que llegaría una época donde se cubri­rían nuestras carencias materiales y afectivas con oropeles falsos expuestos en lucrativos mercados repletos de luces rutilantes. Que tendríamos en nuestras viviendas un aparato y en nuestros bolsillos un artefacto, utilizados para dominar­nos, aleccionarnos y adoctrinarnos. Que conseguiríamos aquello por lo que tanto habían luchado nuestros predecesores: parlamento, gobierno y poder judicial propio y, sin embargo, no podríamos disfrutar del progreso y la libertad deseados por la acción e inacción de los políticos profesionales. Con toda seguridad Orwell se equivocó de fecha, pero no de predicción.

Reneguemos, pues, de esta pseudodemocracia delegada y vigilada, de esta idio­cracia partitocrática en la que sobrenadamos sin profundizar. Aspiremos a ser nosotros mismos.

Ansiemos determinarnos como un pueblo ilustrado dotado de una conciencia que nos identifica.

Convencidos de que el sentimiento forja a un pueblo, añadamos discernimiento y responsabilidad para crear ciudadanía.

Si en tiempos pretéritos era necesario salir a la calle para conocer el sentir de la sociedad, es ahora cuando esa misma sociedad, y sus dirigentes, llegan hasta nuestro interior mediante transmisión a distancia, redes inalámbricas y teléfonos móviles.

Vivimos tiempos complicados donde las nuevas generaciones creen tener poder porque alteran las formas, mientras la gerontocracia dominante controla y domi­na el fondo. Todo ha cambiado menos el lugar que ocupa Andalucía en relación con los demás territorios de la Península, llegando a agravarse, se ha acentuado en algunos casos, la distancia entre Andalucía y ciertas comunidades prósperas como Madrid, Cataluña, Euskadi o Navarra.

Parece, por ello, obligatorio actualizar las demandas de nuestros antepasados a la realidad presente en el siglo XXI.

19 de julio de 2024, el Manifiesto de los Liberalistas Andaluces del siglo XXI proclama:

MANIFIESTO DE LOS LIBERALISTAS DE ANDALUCÍA SIGLO XXI

A quienes sienten Andalucía. A los andaluces y andaluzas por nacimiento, por vecindad, por corazón, por notarla palpitar en su alma...

Hace más de cien años, nuestros predecesores, hijos de un tiempo, recorrieron dificultosos caminos embarrados para gritar en la Asamblea de Ronda: “Reco­nocemos a Andalucía como una patria viva en nuestras conciencias”. En el momento presente, los pobladores del territorio andaluz asentados en la com­placencia, ¿Cómo reconocemos a Andalucía?

En el primer tercio del pasado siglo, nuestros antecesores elaboraron un mani­fiesto demandando soluciones para una Andalucía rural, desindustrializada y sin proyecto de desarrollo, abandonada por el poder central y con la muerte como compañera constante de su existencia.

Ahora, transcurridos casi cien años, los signatarios del presente documento, conscientes del momento histórico que vivimos y de la responsabilidad ante nosotros mismos y ante la historia, nos vemos obligados a reafirmar de nuevo la existencia de una patria viva mediante un manifiesto con el que visibilizar la situación del pueblo andaluz. Por ello:

Manifestamos nuestra convicción de pertenecer a una tierra forjada a lo largo de milenios. Andalucía tiene una identidad definida moldeada desde los albores de la historia. El pueblo andaluz es así de forma ingénita, porque lo concibe su voluntad y la naturaleza. Esa luz que distingue Andalucía nos forma y nos configura, nos determina y nos crea.

Somos liberalistas. Nuestros precursores fueron perseguidos cuando se rebelaron contra las imposiciones dando su vida en la lucha por alcanzar la tan anhelada libertad. Los acosaron por combatir la monarquía absolutista, los fusilaron en una playa de Málaga, los ahorcaron en Madrid, las ejecutaron en Granada por bordar una bandera o les pegaron dos tiros en el kilómetro 4 de la carretera de Sevilla a Carmona.

Somos esencia, somos espíritu, somos hijos e hijas de una matria dotada con un ser propio.

Al presente

Han pasado varias generaciones, el mundo ha cambiado, la tecnología domina nuestras vidas y en este cosmos digital Andalucía se halla en el mismo lugar que pretendían abandonar nuestros antepasados. Marginada, ridiculizada, discrimi­nada… Una despreciable brecha social y económica divide, tanto antes como ahora, al territorio andaluz del resto de España.

Nuestros políticos, nuestras instituciones, nuestros supuestos representantes, reniegan del ideal andaluz. Rechazan nuestro ser andaluz. Desconfían de la ca­pacidad del pueblo andaluz para desarrollar su existencia.

Por ello, no podemos depositar nuestras esperanzas en su labor y, por lo tanto, obligatoriamente, deberá ser la sociedad civil quien tome el rumbo del destino en sus manos.

Asegurados en nuestra afirmación, y para llevar a buen término ese cometido, estamos obligados a conocer, amar y comprender cuanto nos rodea y nos atañe. Comprender Europa, comprender España, comprender Andalucía…

Hombres sabios nos aleccionan desde hace milenios: No se ama lo que no se conoce y no se lucha por lo que no se ama. Comprendedlo, abrazadlo, sentidlo.

Europa, el viejo continente. Miles de años combatiendo, invadiendo territorios vecinos, atacando países de otros hemisferios, usurpando, robando y colonizan­do, parecía estar cansada de tanta sangre cuando de nuevo estalla el conflicto. La unidad de los europeos, una idea sobresaliente si se hubiera intentado enlazar culturas y unir pueblos, se muestra renqueante al no encontrar un vínculo común. Y es que sus promotores políticos han comenzado aglutinando egoístas economías, por lo que estamos ante un largo camino plagado de dificultades.

España, una heterogeneidad de territorios unidos por disparejos intereses y separados por intereses más disparejos aún. Quinientos años ensamblados, pero nunca fusionados. Una mezcla que se odia, obligada a acuerdos para ser más porque se necesitan para no ser menos. Y abajo, en el mismo lugar ocupado por la granada en el escudo español: Andalucía. Al norte de Sierra Morena, los diversos territorios se unieron por casamientos, alianzas y convenios, el sur fue conquistado a sangre y fuego. Han pasado los años y nadie ha intentado crear un pueblo, una cultura, un ser español, les ha bastado con apoderarse de las señas de identidad andaluzas.

Andalucía, el país invadido. La Castilla Novísima, según la denominación histo­riográfica de Menéndez Pidal. El territorio de los jándalos como nos distinguen de los españoles purasangre. La esencia de España para los regionalistas inmar­ce­sibles. El cortijo del señorito andaluz venido del norte. La patria de las tempore­ras humilladas y los jornaleros famélicos. La colonia, según la apreciación de sus habitantes cons­cientes. La tierra rica del pueblo pobre.

Nos abruman con tanta digresión intentando que desconozcamos nuestra his­toria y olvidemos nuestra cultura. Pretenden diluir nuestra identidad para que nunca tengamos conciencia exacta de quienes somos. Como consecuencia, ya no nos emociona la arbonaida verde y blanca ni el himno que habla de paz y esperanza reivindicando ser lo que fuimos.

Una gene­ración tomó la calle un 4 de diciembre de 1977, cinco décadas después hemos olvidado aquella lección de dignidad.

Nublan el sentido con sofismas

Es fundamental conocer dónde estamos y por qué estamos. Tan importante es la historia en el desarrollo de un pueblo que quienes nos dirigen y controlan la manejan a su conveniencia para que nunca sepamos la verdad de nuestro pa­sado.

Porque un pueblo sin pasado jamás tendrá futuro.

En la narración histórica debemos diferenciar entre el hecho, lo sucedido, y la crónica contada. Un relato dictado siempre a mayor honra y gloria del vencedor, y, para nuestra desgracia, el territorio andaluz siempre se ha encontrado en el lado opuesto. La historia de Andalucía no está escrita, a nosotros, pueblo coloni­zado, nos han escrito la historia. La antigua y la reciente.

¿En qué fecha conquistó Andalucía su Estatuto de Autonomía? ¿Se consiguió por la presión de un pueblo consciente o por la benevolencia y el buen hacer de cierto partido político? En una respuesta errada podemos encontrar el origen de nuestra actual postración.

¿Cuál fue el pago que debió satisfacer el gobierno español para entrar en el entonces Mercado Común, ahora Unión Europea? Pérdida de industrias, asti­lleros, plantíos, olivares, viñas… Pensémoslo bien, ¿cuántas empresas desapa­recieron en España y cuántas en Andalucía?

Hace ya muchos años desmantelaron la escasa industria andaluza ofrecién­donos a cambio un AVE hacia la metrópolis, una efímera Exposición Universal y un corrupto PER. Una denigrante falacia en forma de obsequio. Reaccionemos, debemos recelar de los gobernantes que hacen regalos al pueblo. Las tan agra­decidas subven­ciones reclaman más temprano que tarde réditos usureros.

¿Por qué soporta Andalucía el único cementerio nuclear del Estado español, sin contraprestación alguna?

¿Recibe Andalucía alguna compensación por ser la única Comunidad Autónoma que alberga en su territorio tres bases militares de la OTAN con armamento nuclear?

¿Podemos tolerar la existencia de la última colonia reconocida en el continente europeo, convertida en un paraíso fiscal, lugar de contrabando y narcotráfico, conculcando leyes y sojuzgando el territorio aledaño del Campo de Gibraltar? ¿Qué extraños intereses se ocultan tras la dejadez de los distintos gobiernos españoles que nunca han realizado acciones determinantes intentando corregir este absurdo anacronismo?

De todo el Estado, somos el territorio con menor nivel de vida, con mayor tasa de desempleo, con los sueldos más reducidos, nuestro PIB nunca alcanza la media de España, el fracaso escolar nos avergüenza, se eternizan los caciques locales, el éxodo económico perdura, confundimos cultura con folclore y educa­ción con adoctrinamiento, se enquista la pobreza, se agranda la brecha con el resto de las comunidades autónomas, hasta la esperanza de vida es menor que la media española.

La carencia intencionada de valores éticos, cívicos y morales en nuestra for­mación educativa nos induce a aceptar la corrupción generalizada como mal endémico. Una sangría de abatimiento y desánimo merma nuestra fuerza rom­piéndonos el alma.

Dignidad

Cuando a comienzos del pasado siglo un cacique ofreció a un jornalero algunas monedas si votaba a su partido, éste le espetó: “¡En mi hambre mando yo!”. ¿Se encuentra ahora a la misma altura nuestro nivel de dignidad?

El filósofo castellano Ortega y Gasset en su obra “Teoría de Andalucía” no tiene empacho en referirse así a la tierra andaluza: “Cuenta Chateaubriand que al llegar los cien mil hijos de San Luís a la divisoria de Sierra Morena y descubrir súbitamente la campiña andaluza, les produjo tal efecto el espectáculo, que espontáneamente los batallones presentaron armas a la tierra maravillosa”. Para, a continuación, analizar al pueblo andaluz: “Es una de las razas que mejor se conocen y saben a sí mismas. Tal vez no hay otra que posea una conciencia tan clara de su propio carácter y estilo. Merced a ello es fácil mantenerse invariablemente dentro de su perfil milenario, fiel a su destino, cultivando su exclusiva cultura. …/… Uno de los datos imprescindibles para entender el alma andaluza es el de su vejez. No se olvide. Es, por ventura, el pueblo más viejo del Mediterráneo, más viejo que griegos y romanos. …/… Andalucía, que no ha pretendido nunca ser un Estado aparte, es, de todas las regiones españolas, la que posee una cultura más radicalmente suya”. Luego, y sin solución de conti­nuidad, nos difama sin una reflexión equilibrada: “El pueblo andaluz, donde la base vegetativa de la existencia es más ideal que en ningún otro, apenas si tiene otra idealidad. Fuera de lo cotidiano, el andaluz es el hombre menos idealista que conozco”. Y resume nuestra conducta con dos palabras: “Ideal vegetativo”.

Terriblemente doloroso ¿De verdad damos esa impresión? ¿Conocía este madri­leño el “Ideal andaluz” de Blas Infante publicado doce años antes? ¿Tan obceca­do está que no ha observado la permuta de idealidad por sentir que se produce en Andalucía? ¿Puede derivar el tradicional nihilismo político del pueblo andaluz en un ideal vegetativo? Nuestra escasa reacción actual ante los problemas fuerza a inclinar la balanza hacia estas teorías. Sin embargo, reconozcamos en el filósofo la carencia de dotes adivinatorias, en realidad, parece ser que nunca llega a comprendernos. Cuando escribe este ensayo en 1927 confunde la situa­ción general del Estado con la particular de Andalucía, algo bastante común en los analistas externos de nuestra específica personalidad.

Con toda seguridad, existe una clara diferenciación entre el sentir andaluz y los diversos nacionalismos –incluido el centralista– existentes en la península. El primero, el andalucismo, proviene del hambre, del anhelo de ser por sí mismos, de una conciencia identitaria, los otros surgen del mantenimiento de privilegios medievales, del egoísmo y el supremacismo. Lo andaluz es sentimiento, lo de­más, materialismo. El andaluz es ser, lo demás, tener.

Vivimos en una sociedad vigilada e intervenida donde muchas personas –a las que idolatramos e imitamos– son capaces de filosofar como comunistas, deno­minarse socialistas y vivir como capitalistas. ¿Podremos aspirar a la llegada de una sociedad donde desaparezca tanta falsedad y las tres palabras carezcan de significado habiendo quedado constreñidas a la historia?

La actual “era del capitalismo de la vigilancia” significa el control interesado de la sociedad, el apoderamiento de la privacidad con fines comerciales y de dominio. ¿Neoliberalismo? Denominar liberal a un sistema económico que nos esclaviza es tan hiriente como sarcástico. Más bien dominio social, inter­vención en nuestras voluntades.

La vigente situación nos desconcierta. Los enemigos se encuentran lejos de nosotros –Rusia, China, Corea, terrorismo islámico y poco más– como ya se encarga el sistema de señalarlos. A la vez, los medios de comunicación nos asedian con alarmantes informaciones sobre enfermedades, cambio climático, carestías alimentarias, amenaza nuclear, etc.

Realmente desconocemos quienes son nuestros adversarios. Los verdaderos felones se ocultan mientras nos enfrentamos a quienes navegan junto a nosotros y se hundirán cuando todos nos hundamos.

Comemos lo que nos sugiere el enemigo, bebemos lo que conviene al enemigo, vestimos lo que dispone el enemigo, vemos y oímos cuanto decide el enemigo, reímos cuando lo considera oportuno y lloramos cuando cree que ha llegado el momento. ¿Dónde está, qué planes tiene para nuestro futuro? ¿Debemos ocu­parnos? ¿Debemos preocuparnos? Un silencio consentidor nos rodea. En vez de combatirlos, los seguimos, los respalda­mos, los adoramos…

Mientras tanto, Andalucía se convierte en un territorio armado hasta los dientes. Con una dotación que escapa a nuestro control, no podemos decidir su cantidad, ni su disposición, ni su uso. ¿Seguimos dormitando plácidamente? ¿Somos conscientes de las consecuencias de nuestra actitud?

Al sur, una colonia

Una de las características más notables de una colonia es su vinculación con la metrópolis, mientras se abandona la vertebración del territorio indispensable para la comunicación y desarrollo interno. Actualmente, se tarda el doble de tiempo en viajar de Huelva a Almería o Jaén que de Cádiz o Málaga a Madrid.

Igualmente, las colonias carecen de historia, de lengua y de identidad. Celebran las fiestas del colonizador y conmemoran las gestas del invasor mientras reme­moran sus propias derrotas. La aculturación les hace olvidar su propio ser, su esencia.

Un pueblo es una cultura. Los pueblos se enfrentan por religiones, territorios y economías, nunca por sus luces. Las culturas se mezclan y se enriquecen. Por eso, el colonizado pueblo andaluz acepta culturas exógenas y las hace propias.

Coexistencia, concordia. La dañina gangrena del sectarismo va pudriendo la so­ciedad y dañando la convivencia a medida que se extiende. La polarización, la crispación, los posicionamientos extremos, embarran las relaciones. Evoquemos a nuestros antepasados andalusíes, aceptemos a los demás como son, mientras luchamos conjuntamente contra los verdaderos causantes de nuestras desgra­cias. Acabemos con la explotación del hombre por el hombre, con la oligarquía plutocrática que nos domina.

Durante más de doscientos años la decimonónica lucha de clases ni ha logrado soluciones estables ni ha originado avances sociales. Únicamente ha provocado el aumento de la riqueza en manos de unos pocos mientras causaba enfren­tamientos, odios enconados, resentimiento y muchas víctimas inocentes. Históri­camente el ojo por ojo ha dado pocos resul­tados y ha producido mucha ceguera.

Observemos una realidad: En Andalucía, la lucha de clases siempre ha significa­do la rebeldía de un pueblo ante una situación ignominiosa, la desesperación de aquellos a quienes falta vivienda, comida y ropa. Lo más elemental para no vivir esclavizados. Y siempre que estalla una reivindicación social ondea la verde y blanca entre los manifestantes.

¿Volver a ser lo que fuimos?

Nuestro himno reclama “volver a ser lo que fuimos”, y nosotros coreamos la frase sin saber exactamente a qué hace referencia, dando pie a interpretaciones ses­gadas. Recapacitemos. Si también exhorta a “los hombres de luz”. ¿Podría refe­rirse el precursor de los liberalistas andaluces a la necesidad de restaurar el tan andaluz liberalismo de las luces?

Andalucía es una gran heterodoxia. Cuestionamos los dogmas mientras los conformamos a nuestro ser. Paganos a nuestra manera, musulmanes a nuestra manera, cristianos a nuestra manera. Beligerantes cuando lo creemos necesario, resilientes hasta persuadir al adversario. Humanos, pacíficos, tolerantes, libe­radores, creativos, librepensadores.

En nuestra civilización siempre ha imperado un principio de liberalidad creativo. Tan necesaria nos es la libertad para vivir como el aire para respirar. Somos librepensadores. Por ello, aunque lo han intentado y lo continúan intentando, el fanatismo nunca ha arraigado en nuestra tierra. Y por ello también, a quien más teme cualquier sistema de gobierno –incluida la partitocracia– no es al bien pensante ni al mal pensante, sino al librepensador.

Y desde ese pensamiento libre podemos llegar a la conclusión que renegar de un Estado que asfixia con sus cargas e impuestos, para pasar a financiar una cohorte propia atestada de dirigentes, servidores, bufones, asesores y gastos suntuarios, parece una medida poco solucionadora.

Ni queremos, ni pretendemos ser una isla, otro pequeñito estado más viviendo de la corrupción y mirando hacia otro lado cuando ingresan en nuestras arcas capitales manchados de sangre. Se reniega de un amo para echarse en brazos de otro. Queremos ser parte de Iberia, de Europa, de la Humanidad. Disfru­tando sus ventajas y sufriendo sus inconveniencias.

A la perenne pregunta sobre si nos consideramos independentistas, se hace necesario contestar con otra pregunta igual de sempiterna interpelando por el significado de independencia. Es tristemente grotesco ver a ciertos territorios renegando del estado que ellos mismos crearon hace cinco siglos mientras sus dirigentes políticos promueven la independencia de manera activa sin importar­les la posibilidad de caer en las garras de gobiernos regidos por dictaduras más o menos encu­biertas.

Nadie ha luchado más que Andalucía por conseguir su autogobierno. En la calle un 4 de diciembre, en las urnas un 28 de febrero, en el debate político un 23 de octubre. Como consecuencia, y mediante referéndum popular, el 20 de octubre de 1981 el pueblo andaluz consiguió con lucha, sacrificio y esfuerzo arrancar del gobierno español un Estatuto de Autonomía con las mismas atribuciones conce­didas de manera graciosa a las autonomías del artículo 151 de la Constitución Española. A pesar de que en la reforma de 2007 se cercenaron algunos de sus logros, este Estatuto se encuentra aún sin alcanzar su máximo techo compe­tencial.

En cuestión de libertad, de independencia, y como bien dicen los perseguidos habitantes de la amazonia, es necesario, primero, ensanchar la jaula. Consolidar posiciones.

A continuación, construyamos un pueblo culto, dotado de valores cívicos y hu­manos, digno. Rechacemos un futuro en manos de intereses extraños. Pos­teriormente, comprobemos si los barrotes continúan presentes y decidamos si estamos ante el momento oportuno para romperlos o, en realidad, el recono­cimiento de nuestra identidad, junto al desarrollo de nuestra cultura, progreso y bienestar han quebrado los cerrojos, creando, a la vez, un pueblo libre.

Un pueblo gozando de una libertad elegida voluntariamente.

Entidismo

Tenemos unos valores que nos identifican y nos unen, que nos determinan como pueblo y como sociedad. Es imprescindible conocer esos valores para responder ante el agravio. Sin agachar la cabeza ante la ofensa y el desprecio de otros pueblos menos desarrollados y más incultos.

Y aunque poseamos esos valores comunes que nos unen, que nos definen como pueblo y como nación, debemos reconocerlo: El andaluz no es nacionalista. Y no lo es según la forma como lo entienden en otras latitudes, ni en el sentido egoísta, egocéntrico, supremacista y materialista del término. Nacionalismo no tiene por qué suponer, necesariamente, codicia y ambición, aunque sea exce­sivamente usado para pretextar un exceso de favores y privilegios y ocultar su falta de solidaridad y sentimiento universalista. La actual exegesis del sentido nacionalista, el comportamiento social y humano de quienes así se consideran, no casa con nuestra forma de ser y de actuar.

Probablemente una palabra, entidismo, o lo que es lo mismo la defensa de nuestra entidad o identidad, nos defina más correctamente.

Los andaluces son andaluces por sí mismos, un aliento vital, un hálito andaluz les impregna desde su nacimiento. No obtienen su personalidad, temperamento y condición yendo contra nadie. No afirman su identidad atacando y negando la del contrario. El hombre andaluz, la mujer andaluza, son por sí mismos, lo que constituye la verdadera identidad.

Amar, querer como decimos en Andalucía, es una particularidad determinante. Es necesario descubrir y potenciar las bondades, las virtudes de Andalucía. Pro­pagarlas y difundirlas. Debemos emular al gran escritor moguereño Juan Ramón Jiménez que se denominaba “Andaluz universal”, pero, al igual que él, no preten­damos universalizar Andalucía, intentemos andalucizar el Universo.

Nunca más volver al esperpento del 20 de diciembre de 2006 cuando las Cortes Generales de España aprobaron la reforma del Estatuto de Autonomía andaluz, enjuiciando y valuando sobre ella representantes de todo el Estado español menos los del territorio a quienes iba dirigida la ley que se pretendía sancionar. Nadie tomó la palabra en las Cortes para hablar en nombre de Andalucía. ¿Pue­de existir mayor humillación?

Los Liberalistas Andaluces debemos aspirar a una soberanía donde poda­mos guiar nuestro destino y crear nuestro futuro sin injerencias externas. Soberanía social, soberanía alimentaria, soberanía pedagógica, soberanía eco­nómica. Siempre soberanos, nunca súbditos. Ni servir al imperio norteameri­cano, ni a la dominación rusa, ni al capital chino, ni a los intereses europeos, ni al desconcierto español.

Entre el norte materialista, egoísta y supremacista y el sur acomplejado, resen­tido y agraviado, la humana, la sincrética, la generosa Andalucía tiene mucho que decir. En un futuro de justicia, Andalucía gozará de un lugar preponderante.

Defensa de los derechos e intereses comunes

Convivencia. La coexistencia de etnias, religiones y pensamientos diversos ha sido una constante en el devenir de Andalucía. Oficialmente promocionan las tres culturas de al-Andalus cuando en realidad existieron tres religiones y una sola cultura: la andalusí. Si esta excepcional característica nos diferencia de otros territorios, bienvenida sea. Aceptémosla sin permitir que la aculturación nos uniforme.

Atemperamiento a la realidad existente. La sociedad actual es más diversa y está más evolucionada de lo que nos quieren hacer creer los políticos profe­sionales. Superemos el sentido plano y bidireccional del discurso oficial y asu­mamos la existencia de un mundo multiforme con pensamientos desiguales y colectividades heterogéneas mirando a direcciones tan variadas como trans­versales.

Avenencia, concordia, armonía. Como bien decía Blas Infante, nadie es extranjero en nuestra tierra. Milenios llevamos admitiendo al invasor. Aunque pueda parecer una incongruencia, es evidente que la mezcla de culturas ha permitido una identidad diferenciada.

Respeto a los predecesores. El abuelo y la abuela se privan de lo necesario para que nunca falte lo accesorio. Respeto a la ancianidad. Nuestros ancestros han dejado cuanto nos hemos encontrado al llegar a este mundo y nos lo han legado sin pedir nada a cambio. Han creado, construido o edificado cuanto, ya sea físico o inmaterial, nos permite progresar en nuestra existencia. Los descubrimientos, las edificaciones, los inventos que nos facilitan la vida se deben a su trabajo. ¿Qué herencia moral y material recibirán nuestros sucesores?

Respeto, igualmente, a las generaciones que nos sustituirán. Suyo es el futuro, su tenencia y su responsabilidad. Y cuanto suceda en los tiempos ve­nideros les afectará a ellas y solamente a ellas, no pongamos obstáculos a su impulso y avance por incomprensión tarda de su desarrollo.

Reconocimiento, amparo y defensa del pueblo andaluz en el exilio econó­mico. Agradecimiento a su contribución para mejorar Andalucía con sus aporta­ciones. A su corazón repleto de cariño a su tierra.

La protección y el amor a la naturaleza, al medio ambiente, no pueden constituirse en un obstáculo para el desarrollo del territorio. Pero, a su vez, deberán ser una de las bases fundamentales en que se asiente ese desarrollo, porque el respeto a lo natural no frena el desarrollo, en cambio el desarrollo será permanente y pleno si se respeta a la naturaleza.

La prioridad del interés económico sobre lo social, la destrucción de pulmones verdes, la contaminación de la tierra, del aire y de los acuíferos, la alteración del espacio radioeléctrico, el descenso del nivel freático y el desprecio a una actitud responsable ataca nuestra salud y lastra nuestro desarrollo. Pensar en las gene­raciones futuras se hace, más que necesario, obligatorio. La economía circular debe sustituir al actual sistema de usar y tirar. La reu­tilización y el reciclaje deben asumirse como un compromiso cívico. Evitemos la desaparición del dinero físico, impidamos un control determinante y el empobrecimiento ciudadano para hacer­nos más dependientes.

Lo único absoluto es la seguridad de que un día, más tarde o más temprano, concluirá nuestra estancia en esta vida. Todo lo demás es reversible. Antes de desaparecer dejemos un legado a nuestra descendencia del que pueda sentirse agradecida y orgullosa.

Y para allanar el camino, afiancemos en el territorio andaluz una democracia efectiva basada en el poder ciudadano. Elegir en libertad un Poder Legislativo donde el bien colectivo y la convivencia prevalezcan a la hora de diseñar las leyes que regirán nuestras vidas. Respetar un Poder Judicial, sin influencias ex­ternas, que aplique las leyes creadas por el Parlamento con equidad, ecuani­midad e imparcialidad. Recono­cer un Poder Ejecutivo cuyas decisiones honestas estén fundamentadas siempre en el bien común, buscando el bienestar y la pros­peridad de todos los habitantes del territorio.

Necesidad de un proyecto cardinal

Será necesario luchar por la dignidad y el respeto al pueblo andaluz. Evitando se nos considere como un pueblo de chistosos, vagos, incultos y sub­vencionados.

Promover el reconocimiento de la idiosincrasia, del genio andaluz. La aceptación oficial de la existencia de un territorio definido desde tiempos inmemoriales, con pasado, presente y futuro.

Difundir la identidad, historia, lengua y cultura andaluzas en todos los estamen­tos. Fomentar una educación humana centrada en valores éticos, morales y cívicos. Viabilizar la igualdad entre hombres y mujeres. Cultivar nuestra excep­cional y distintiva cultura. Reconocer la educación y la cultura como bases esen­ciales para el desarrollo del pueblo andaluz. Coartar las copias degradantes y los plagios deshonrosos, acabando por Ley con quienes intentan apoderarse de nuestra cultura e identidad, previamente adulteradas.

Impulsar la economía andaluza. Crear instituciones para el análisis y la inves­tigación de nuestro suelo, flora y fauna. Estimular la creación de industrias trans­formadoras que dejen sus plusvalías en territorio andaluz. Recuperar nuestra capacidad de inversión. Promover una innovación tecnológica y sostenible.

Soberanía. Administrar el presente y crear el futuro. Legendaria es la solidaridad del pueblo andaluz, su generosidad y empatía con el extranjero perduran en el tiempo. Loable actitud, aunque provoca que nos olvidemos de nosotros mismos, por lo que es necesario recuperar soberanía. Las decisiones que nos afectan no pueden tomarse todas según los intereses de España, Europa o los Estados poderosos que dominan el mundo. Nuestro lema antepone el “por sí” ante España y la Humanidad. Bien está el amor a los demás, pero nunca podrá tener efectividad si antes no nos queremos a nosotros mismos.

Ante las imposiciones de un supuesto orden mundial y las dejaciones que para conseguir o mantenerse en el poder realizan nuestros gobernantes, la soberanía social, industrial, sanitaria, energética y alimentaria se convierte en una nece­sidad generadora de libertades.

Acción básica: Educación, sanidad y justicia públicas y gratuitas. Protección a los más desfavorecidos.

¡Viva Andalucía Libre!

Somos liberalistas. La causa de la libertad es nuestro origen y nuestro fin. Somos andaluces. Andalucía nos guía, nos motiva, nos determina y nos une.

Somos Andalucía.

Impulsados por esta certeza, laboremos para hacer realidad el tradicional grito de los liberalistas andaluces. Andalucía libre de ignorancia, de corrupción, de atraso, de agravios, de imposiciones, de resentimiento, de humillaciones, de ven­ganza, de imposiciones, de desprecio… Liberar Andalucía. Andalucía Libre.

Andaluces, andaluzas, uníos a esta propuesta.

Recorramos juntos el camino en verde y blanco. ¿Hasta dónde podemos llegar? En lo inmediato, a conocer la existencia de otros corazones latiendo al unísono, compartiendo un ideal, creyendo en un objetivo basado en el bien común. En lo venidero, el límite se encuentra al final de nuestros anhelos.

Es necesaria la inmersión en unos ideales de justicia, progreso, convivencia y libertad, que impregnen nuestra voluntad antes de aspirar a un poder que permita la asunción de esos ideales en la gobernanza. Por ello, nunca podremos intervenir en el debate político sin tener la seguridad de estar amparados por la conciencia y la voluntad de un pueblo que se sabe pueblo y actúa como pueblo.

Porque quien tiene conciencia de quién es, lucha por su tierra, quien no la tiene nunca luchará.

Para nuestra desgracia, este llamamiento se extingue en el tiempo. Declinará dentro de pocos años cuando la sociedad, insensible y aletargada por la cons­tante persistencia de las consignas del sistema, se muestre impermeable a sus postulados.

Por ello, debemos comprometernos a su difusión y exposición durante un tiempo prudencial, citándonos a partir de entonces en asamblea para deliberar y decidir su posterior desarrollo. Elaborar un proyecto donde se rechacen fórmulas anquilosadas que ya han mostrado su fracaso. Instaurar una nueva sociedad con alma y ser andaluz. Dejando abiertas las puertas necesarias para derivar en un mo­vimiento social, cultural o político. O constatando la nece­sidad de apostar por las tres opciones de forma conjunta.

Luego, será el tiempo, y nuestra voluntad, quienes marcarán el camino a seguir. Un camino que habrá de ser diferente a lo establecido si queremos construir futuro. Un futuro basado en nuestra forma de ser, de crear, de existir. Una convi­vencia cimentada en el bien común.

Porque nuestro porvenir deberá fundamentarse en una evolución social conse­cuente con nuestros ideales, deberá construirse sobre corazones andaluces.

Si quieres adherirte al Manifiesto de los liberalistas Andaluces Siglo XXI, envía un correo electrónico a: aaaverroes@outlook.es y manifestarlo.

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