Camarón nos prometió que viviría, y cumplió
Esta mañana, sobre las siete, ya había amanecido, y sin embargo los primeros rayos del sol vinieron a recordarnos la efeméride: hace 34 años que Camarón de la Isla se acordó por última vez de su omaíta (“qué es lo que tengo”) para dejar anochecer aquella carrera artística de relumbrón a la que solo le faltaba la muerte para coronarla en plan mítico. Cumplió con creces con la promesa que le hizo Belmonte a Valle Inclán cuando este lo piropeó: “Solo te hace falta morir en la plaza”, le espetó el autor de Luces de bohemia. Juan, que tenía esos arranques como tenía otros silencios, no dudó en contestarle: “Don Ramón, se hará lo que se pueda”.
Se cumplen ahora mismo 34 años de que José Monge Cruz pasara de ser una persona de carne y hueso a un mito por los cuatro costados. Él sí pudo, con suficiencia. El genio de San Fernando renunció a su condición humana para asumir, con todas las llaves del paraíso, la capitanía general de un arte jondo y melismático que iba a rozar el mesianismo, con gitanas que le llevaban a sus niños para que los tocara por la sencilla razón de que cantaba bien.
“No sé hacer otra cosa”, reconoció José en más de una ocasión, habitualmente después de recordar que quiso ser torero y no pudo ser. Menos mal. Manuel Vicent suele sorprendernos un domingo al año con su columna antitaurina, y yo llevo ya no sé cuántos años (menos de 34, seguro) homenajeando al cantaor de aquella leyenda del tiempo en una fecha especialmente amarga para cuantos recordamos que Camarón tenía precisamente 34 años cuando sacó aquel disco que funcionaba como preámbulo de Soy gitano, aquel otro trabajo discográfico que tantos gitanos fueron a descambiar porque aquello, según los descambiadores, no era flamenco. Eran demasiado ingenuos para descubrir que el disco era mucho más. Corría el año 1979, o sea, cuando servidor vino al mundo sin sopesar todavía que las casetes de mi madre recién casada empezaban a esperar una segunda oportunidad desde aquel cajón del mueble bar. Siempre recordaré su descubrimiento: Camarón de la Isla con la colaboración especial de Paco de Lucía.
En cualquier caso, el disco del que hace 34 años ya no fue el de la leyenda (aquella pachanguita en Umbrete producida por Ricardo Pachón), sino Viviré, donde convivieron las guitarras de Paco y Tomatito sin que faltara toda esa orquesta instrumental de Carles Benavent, Jorge Pardo y Rubem Dantas. El productor fue Antonio Humanes, y muchas de las letras eran de Pepe de Lucía. ¿Qué podía salir mal?
Camarón, sin embargo, había comenzado una cuesta abajo de su salud que, desde nuestra perspectiva en el tiempo, se notaba por la voz más afillada, su cambio definitivo en el vestuario y la innovación musical sin vuelta atrás. En las portadas de sus discos se había quedado en Camarón a secas, aunque todo el mundo siguiera recordándole lo de la Isla.
Hoy, 34 años después de aquel disco que salió al mercado cuando él solo tenía 34 años precisamente, nos parece mucho más trascendente de lo que debió de parecer entonces. Sobre todo por el acierto profético de un título, ese verbo en futuro, Viviré, que con el tiempo se ha convertido en tan mágica profecía: “Viviré, / mientras que el alma me suene / aquí estoy para morir / cuando me llegue”. Cuánta elipsis de lo importante, cuánta grandeza de esos pocos versos deslavazados en la voz siempre orquestal y acompasada de José.
Vivió, sin duda, Camarón de la Isla desde entonces mucho más, incluso desde aquella mañana de la que hoy se cumplen otros 34 años como si nada. Vivió y sobrevivieron su voz, su timbre, su estilo, su fama imperecedera, su genio, y hoy no entenderíamos el flamenco sin él, sin su larga sombra alargada en las primeras figuras: desde Antonio Reyes a Pedro El Granaíno, pasando por esa pléyade de seguidores que inauguró Duquende en su momento. Viviré, gritó desesperado el de la Isla cuando en las portadas de sus trabajos se había omitido su tierra natal, y siguió viviendo hasta hoy, cuando ni las marcas de cerveza conciben publicitarse sin que su voz rescatada suene en el anuncio. Larga vida a José.
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