El niño que quería beberse el mar

Llegó en patera al mediodía a la costa de Almería. Había sido una noche larga y oscura en la que varias veces estuvieron a punto de zozobrar. Sin embargo, no se oyó ni una queja ni ningún grito cuando algún pasajero caía al agua por desfallecimiento o por descuido. Era preciso seguir hasta alcanzar la tierra prometida o esperar a que una patrullera o alguna ONG acudiera en su ayuda.
Alguien, quizás el patrón del barco, había hecho una llamada pidiendo socorro…
Mina arrullaba a su bebé mientras le daba de mamar:
—Olélé, olélé / Moliba Makasi!
«Tú llegarás a España y tu vida cambiará», parecía decirle con aquella nana.
Mina estaba muy cansada. No había comido nada desde que salieron de Melilla. Solo daba pequeños sorbos al agua que aún le quedaba en la botella, metida en la mochila junto a la ropa del bebé y una muda para ella. Del cuello colgaba un cartel con el nombre del niño, el de su madre y el país del que venían: el Congo. Yasir se aferraba al pecho de su madre, tratando de apurar las pocas gotas que aún podía succionar.
Deseaba llegar pronto a donde fuera para poder comer algo y seguir vivos.
Llegó el amanecer en medio del mar y el mundo era todo agua, mirases a un lado o a otro. Pero nadie decía nada. Pasaron unas largas horas hasta que un zagal gritó:
—¡Tierra!
Como cuando Colón descubrió el Nuevo Continente.
En ese momento, el patrón saltó al agua, a pocos metros de la orilla. Una lancha rápida lo recogió y desapareció entre la espuma del mar. Nadie sabía qué hacer hasta que los más jóvenes se tiraron al agua y alcanzaron la orilla.
Mina ni siquiera lo intentó. No sabía nadar y no podía arriesgarse a que las aguas los arrastrasen mar adentro. Así que esperó junto a otros dos chiquillos y un hombre al que le dolía la pierna. Al cabo de un rato llegó una patrulla de la Guardia Civil y creyeron que ya estaban a salvo. Con mucho cuidado, fueron sacados de la barca.
Mina no quería separarse de su hijo en ningún momento. Sin embargo, miró a los ojos de la voluntaria que le ofrecía sus brazos y le confió al bebé. Cuando Yasir regresó a sus brazos, Mina bajó la mirada en señal de agradecimiento.
Llegaron a un centro donde fueron atendidos. Les dieron una manta para paliar el frío, algo de comer y un poco de agua. A media mañana, las dieciséis personas que habían sobrevivido recibieron la visita del personal sanitario por si alguna estaba enferma. El médico le detectó a Mina una arritmia y le aconsejó que fuera al Hospital Universitario Torrecárdenas lo antes posible. Sin embargo, Mina no consintió en ir. Decía sentirse bien y temía separarse de su hijo.
En el centro de acogida compartió una habitación con otra mujer que tenía un pequeño de un año. Allí disponían de ropa, comida y todo lo necesario para cuidarlos. La dirección del centro les ofreció la posibilidad de trabajar en los invernaderos. Trabajadores voluntarios de la Cruz Roja cuidarían de los niños mientras ellas trabajaban. Así podrían independizarse algún día y salir adelante.
Antes de irse al tajo, Mina le daba el pecho a Yasir y volvía a hacerlo cuando regresaba a las seis de la tarde. Las cuidadoras le daban biberones y papillas. Yasir fue cogiendo peso y cada vez estaba más grande y hermoso. Mina seguía cantándole la nana para que no olvidara de dónde venía, aunque nunca llegó a conocer a su padre:
—Olélé, olélé / Moliba Makasi!
Una mañana, Mina no se levantó de la cama, a pesar de que su compañera ya la había llamado varias veces. Cuando fue a buscarla, comprobó que no se movía. Yasir lloraba porque tenía hambre. Cogieron al niño y le dieron un biberón mientras avisaban a la doctora, quien, al llegar, solo pudo certificar su muerte. La enterraron en el cementerio y colocaron una lápida con su nombre y la fecha de su fallecimiento.
Yasir se quedó al cuidado de la casa de acogida hasta que fue dado en adopción. La familia que lo acogió ya tenía varios hijos. Recibieron a Yasir como a un juguete al que mimar y pronto se convirtió en uno más.
Cuando Yasir cumplió tres años, lo llevaron a la playa. El niño jugó en la arena, pero no hubo manera de que se metiera en el agua. Tampoco quiso hacerlo en la piscina. Nunca aprendió a nadar.
Yo conocí a Yasir un año en que fuimos de viaje con el Imserso a Roquetas de Mar y pasamos un día en la playa. A nuestro lado había una familia con tres sombrillas, su nevera y sus sillas. También disponían de un altavoz grande que no paraba de emitir música, aunque fuera la hora de la siesta.
Cuando miré, vi junto a la orilla a un hombre de cerca de dos metros de altura. Llevaba un gran sombrero en la cabeza, unas bermudas y una camiseta de manga corta. Aquel hombre contemplaba el mar sin atreverse a entrar en el agua. Solo se mojaba los pies.
A media tarde, cuando se volvió, comprobé que aquel hombre no era más que un niño, un chiquillo grande. Poco después lo vi tendido en la orilla, donde el agua no le llegaba ni a la mitad del cuerpo. Allí permaneció, algunas veces sentado y otras haciendo la croqueta, sin querer salir del agua.
A mí me pareció un cuadro de Sorolla, pero con una luz distinta.
Aunque Yasir no hablaba, con su actitud parecía querer beberse el mar.
Este artículo El niño que quería beberse el mar fue publicado originalmente en Sevilla Actualidad.
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