La ilusión del carro de los helados
Los veranos se resumían en aquellos carritos ambulantes que iban pregonando el tesoro de los helados por las calles y por las playas. Cada vez que aparecía el heladero, los niños se alborotaban como si estuviera a punto de ocurrir un milagro, porque algo de milagroso había en que un niño llevara dos pesetas en el bolsillo.
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